
Muy pocos conocen cuan inmensas y largas se hacen las noches dormidas en un parque, casi nadie sabe que despacio pasa en ellas el tiempo, que lento se mueven las estrellas en el firmamento, que extrañadas te miran las farolas, los columpios, las Lunas y las estrellas, que afortunadas e inertes, viven lejos de este mundo, donde se siente hasta el mas sigiloso desprecio.
Alli, ante la incomodidad que representa, medio recostado en un antiguo banco, todos los gatos son pardos o blancos, sobre la verde y humeda hierba, y juntos, maullamos de vez en cuando soñando y mirando hacia la Luna llena, aunque cada uno lo hacemos de diferente manera.
Los minutos, las medias horas y las horas enteras, se hacen infinitas, eternas, y se esfuerza y se aprovecha de ello la mente, la cabeza para intentar comprender, a duras penas, por qué siempre indica hacia el Norte una brújula, o gira según le empuje el viento, una veleta.
Son los vagabundos, los moradores de esos lugares, gentes de buenas, malas y crudas experiencias, los únicos que allí te consuelan, te cuentan, te aconsejan desde una desgastada vida, aún sin haber dejado ningún tipo de huella.
Y después de todo, aún asi, aún habiendo reinado la oscuridad, el abandono, la soledad en estado puro durante toda la interminable y nocturna caminata, de nuevo, el Sol despunta al alba y ellos comienzan a recoger sus enseres, pocos, pero menos tiene el que no tiene nada, sabanas mugrientas que alguna vez impolutas y blancas dieron calor a sus almas, bolsas, bolsos amontonados, un carro de compra maltrecho por el tiempo, aún, aún recuerda cuando en el, portaba y cabian tantas cosas, tantos proyectos, sueños, tantos biberones, ilusiones que fueron cayendo por su propio peso, quedando por los caminos, por los senderos, por los parques en los que nuevos vagabundos los recojen y se alimentan de ellos, como si tan solo, fueran eso, desechos.