-¿Dónde está el problema?, que no lo encuentro, exclamó
el filosofo dirigiéndose al poeta.
-No lo sé pero existe, está vivo y latente, presente
porque como la idea de una venganza es algo que mantiene caliente la mente
dentro de la cabeza.
Aunque no quiero, el me puede y me atormenta, es la razón
en pie de guerra la que se a veces sin fuerza se subleva y rebela, es la
tibieza de un fino y persistente dolor, que no encuentra una herida abierta por
donde escapar de un cuerpo sometido a la tortura de unas imaginarias e
invisibles cadenas.
Esta allí donde la misma oscuridad que da color a la
noche, me deslumbra y me desconcentra, de ahí a la falta y ausencia de sueño
hay un paso, y por ello parecen las horas en penumbra, horas eternas.
-Insisto en la pregunta, ¿dónde está el problema?, quizás
la solución eres tú y tu actitud, el afrontarlo de una u otra manera, el
equivocarte como mil veces hice yo y tropezar otras tantas con la misma piedra,
pero sin llegar nunca a desfallecer y aprendiendo de ello como de las
experiencias.
Aguarda si los hubiera con cautela y calma su llegada,
anticiparte es adelantarte a algo que quizás después no suceda, y preocuparte antes
será una pérdida de energía y de tiempo cuando veas más tarde que ha perdido en
parte su importancia, puede que en su presencia aciertes a resolverlo con
acierto como ya hiciste con cualquier otro sencillo dilema. Decían otros
colegas, filósofos ya desaparecidos de la vieja escuela, que con los problemas
y los malos pensamientos pasa como con los pájaros, que no puedes impedir que
sobrevuelen y se posen sobre tu cabeza, pero cambiando tu forma de pensar, si
puedes evitar que aniden y permanezcan en ella.


