Él reverendo tras el púlpito, tenía la cabeza inclinada sobre la
enorme Biblia de contornos dorados. Cuando por fin alzó la vista y mostró su
rostro tranquilo y plácido, un ligero suspiro de alivio se elevó de entre los
fieles allí reunidos.
—Este ha sido un momento difícil y angustioso para mí —dijo—. No
necesito decíroslo; esta es una comunidad muy unida, y todos nos conocemos.
Vosotros me habéis tendido la mano de todas las formas posibles, y siempre os
estaré agradecido. Quiero dar las gracias especialmente a Laura Morton, que me
comunicó la noticia de mi pérdida con tanta ternura y consideración.
Inclinó la cabeza en dirección a mi madre. Ella le devolvió el gesto y
alzó una mano enguantada para enjugarse una lágrima.
—He dedicado mucho tiempo a la reflexión y el estudio entre el día de
mi pérdida y la mañana de este domingo. Me gustaría añadir que también a la oración, pero, aunque me he puesto de
rodillas una y otra vez, no he percibido la presencia de Dios, y por tanto he
tenido que conformarme con la reflexión y el estudio.
Silencio entre los fieles. Todas las miradas puestas en él.—Fui a la biblioteca de Gates Falls en busca de The New York Times, pero como en la hemeroteca de allí solo tienen el Weekly Enterprise, me enviaron a Castle Rock, donde archivan el Times en microfilm…
«Buscad y hallaréis», nos dice san Mateo, y qué razón tenía.
El comentario fue acogido con unas pocas risas, apenas audibles, pero enseguida se apagaron.
—Fui un día tras otro. Examinaba los microfilmes hasta que me dolía la cabeza, y quiero daros a conocer algunas de mis averiguaciones. Sacó unas cuantas fichas del bolsillo de la chaqueta de su traje negro.
—En junio del año pasado tres pequeños tornados azotaron el pueblo de May, en Oklahoma. Aunque se produjeron daños materiales, nadie resultó muerto. Los vecinos acudieron en tropel a la iglesia baptista para entonar cantos de alabanza y ofrecer oraciones de acción de gracias. Mientras estaban allí, un cuarto tornado, un monstruo, se abatió sobre May y derrumbó la iglesia. Murieron cuarenta y una personas.Otras treinta resultaron heridas de gravedad, incluidos varios niños que perdieron brazos y piernas.
Pasó esa ficha a la última posición de la pila y fijó la mirada en la siguiente.
—Puede que algunos recordéis esto otro.
En agosto del año pasado un hombre y sus dos hijos salieron a remar en el lago Winnipesaukee. Llevaban al perro de la familia. El perro se cayó del bote, y los dos niños saltaron a rescatarlo. Cuando el padre vio que los hijos corrían peligro de ahogarse, saltó también y, sin querer, volcó el bote. Murieron los tres. El perro llegó a nado a la orilla.
—Alzó la vista e incluso sonrió por un momento: fue como si el sol asomara a través de una cortina de nubes un día frío de enero—. Intenté averiguar qué fue del perro, si la mujer que perdió a su marido y a sus hijos lo conservó o lo sacrificó, pero no había información al respecto.
Lancé una mirada furtiva a mis hermanos. Terry y Con solo parecían perplejos, pero Andy estaba lívido de horror, ira, o ambas cosas. Tenía los puños apretados sobre el regazo. Claire lloraba en silencio.
Siguiente ficha.
—Octubre del año pasado. Un huracán azotó la costa cerca de Wilmington, en Carolina del Norte, y murieron diecisiete personas.
Seis eran niños de la guardería de una parroquia. A un séptimo se lo dio por desaparecido. Su cadáver fue hallado al cabo de una semana en un árbol.
Siguiente.
—Esta noticia guarda relación con una familia de misioneros que atendía a los pobres proporcionándoles comida, medicamentos y el Evangelio en lo que antiguamente fue el Congo belga y ahora es, creo, Zaire. Eran cinco. Fueron asesinados. Aunque el artículo no lo mencionaba… como es sabido, solo algunas noticias son aptas para publicarse en The New York Times… sí se insinuaba que tal vez los asesinos tenían tendencias caníbales.
Se produjo un murmullo de desaprobación, con Reggie Kelton en el centro. Jacobs lo oyó y levantó una mano en lo que fue casi un gesto de bendición.
—Quizá no sea necesario que entre en más detalles… los incendios, las inundaciones, los terremotos, los disturbios, los homicidios…aunque bien podría hacerlo. El mundo se estremece con ellos. Aun así, leer esas noticias me proporcionó cierto consuelo, porque demuestran que no estoy solo en mi sufrimiento. El consuelo es pequeño, no obstante, porque tales muertes, como las de mi mujer y mi hijo, parecen crueles y arbitrarias. Jesucristo ascendió a los cielos en cuerpo y alma, se nos dice, pero con excesiva frecuencia nosotros, los pobres mortales, aquí en la tierra nos quedamos sin nada más que repulsivas masas de carne mutilada y esa pregunta permanente y reverberante: ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?
»He leído las Sagradas Escrituras toda mi vida, primero sentado en las rodillas de mi madre, luego en catequesis, y más tarde en la facultad de Teología, y puedo deciros, amigos míos, que en ningún lugar de las Escrituras se aborda directamente esa pregunta. Lo más que se acerca la Biblia es en este texto de Corintios, donde san Pablo viene a decir: “No sirve de nada preguntar, hermanos míos, porque en todo caso no lo entenderíais”. Cuando Job se lo preguntó al propio Dios, recibió una respuesta aún más contundente: “¿Estabas tú presente cuando creé el mundo?”. Lo que, en el vocabulario de nuestros feligreses más jóvenes, se traduciría como: “Pírate, chaval”. Esta vez no hubo risas.
Nos examinó con un asomo de sonrisa en las comisuras de los labios, formándose rombos azules y rojos en su mejilla izquierda por efecto de la luz que penetraba a través del vitral.
—Se supone que la religión ha de ser nuestro consuelo cuando llegan los malos tiempos. Dios es nuestra vara y nuestro cayado, declara el Gran Salmo; estará con nosotros y nos sostendrá cuando recorramos inevitablemente el Valle de la Sombra de la Muerte. Otro salmo nos asegura que Dios es nuestro refugio y nuestra fortaleza, aunque las personas que murieron en esa iglesia de Oklahoma podrían rebatir la idea… si aún tuvieran bocas con que rebatirla. Y ese padre y sus dos hijos, los que se ahogaron al intentar rescatar a la mascota de la familia…¿preguntaron a Dios qué pasaba allí? ¿A qué venía aquello? ¿Y acaso Él contestó «Os lo diré dentro de unos minutos, muchachos», mientras el agua llenaba sus pulmones y la muerte oscurecía sus mentes?
»Hablemos claramente de lo que quiso decir san Pablo al referirse a las confusas imágenes de ese espejo. Quería decir que debemos aceptarlo todo por una cuestión de fe. Si nuestra fe es fuerte, iremos al cielo, y lo comprenderemos todo cuando lleguemos allí. Como si la vida fuera una broma, y el cielo el lugar donde por fin se nos explica el desenlace cósmico.
En esos momentos se oían tenues sollozos femeninos y murmullos masculinos de descontento, estos más acusados. Pero nadie se había marchado ni se había levantado aún para advertir al reverendo Jacobs que debía sentarse porque se adentraba en el terreno de la blasfemia. Todavía estaban atónitos.
—Cuando me cansé de investigar las muertes aparentemente caprichosas y a menudo en extremo dolorosas de los inocentes, consulté distintas ramas del cristianismo. ¡Caramba, amigos míos, me sorprendí de tantas como hay! ¡Vaya una Torre de Doctrinas! Católicos, episcopalianos, metodistas, baptistas (tanto de la vieja escuela como de la nueva), los seguidores de la Iglesia de Inglaterra, los anglicanos, los luteranos, los presbiterianos, los unitarios, los testigos de Jehová, los adventistas del séptimo día, loscuáqueros, los shakers, los ortodoxos griegos, los ortodoxos orientales…, los shilohítas, no nos olvidemos de ellos, y medio centenar más.
»Aquí en Harlow todos tenemos líneas telefónicas colectivas, y me parece que la religión es la mayor línea colectiva de todas. Imaginad cómo deben de saturarse las líneas de comunicación con el cielo los domingos por la mañana. ¿Y sabéis qué es lo que me fascina? Todas y cada una de las Iglesias consagradas a la doctrina de Jesucristo se consideran las únicas que en realidad tienen línea directa con el Todopoderoso. Y caramba, eso que ni siquiera he mencionado a los musulmanes, los judíos, los teósofos, los budistas o aquellos que veneran a la propia América tan fervientemente como, durante ocho o diez años de pesadilla, los alemanes veneraron a Hitler.
Fue justo en ese momento cuando la gente empezó a marcharse. Primero solo unos cuantos de la parte de atrás, con la cabeza gacha y los hombros encorvados (como si hubieran recibido un rapapolvo), luego cada vez más. El reverendo Jacobs no parecía darse cuenta.
—Algunas de esas diversas sectas y confesiones son pacíficas, pero las más numerosas, las que han tenido más éxito, se han erigido sobre la sangre, los huesos y los gritos de aquellos que han tenido la desfachatez de no inclinarse ante su idea de Dios. Los romanos echaron a los cristianos a los leones; los cristianos descuartizaron a quienes consideraron herejes, hechiceros o brujas; Hitler sacrificó a millones de judíos ante el falso dios de la pureza racial. Millones han muerto en la hoguera, a tiros, en la horca, en el potro, envenenados, en la silla eléctrica o despedazados por perros… todos en nombre de Dios.
Mi madre sollozaba de forma audible, pero no la miré, no pude. Estaba paralizado. Por el horror, sí, desde luego. Tenía solo nueve años. Pero junto a eso sentía también una incipiente y desenfrenada exultación, la sensación de que por fin alguien me decía la verdad sin adornos. Parte de mí albergaba la esperanza de que se interrumpiera; la mayor parte de mí deseaba con intensidad que continuara, y mi deseo se cumplió.
—Jesucristo nos enseñó a poner la otra mejilla y a amar a nuestros
enemigos. Eso predicamos hipócritamente, pero cuando recibimos un golpe, casi
todos nosotros lo devolvemos por duplicado. Jesús expulsó a los mercaderes del
templo, pero todos sabemos que esos artistas del dinero fácil nunca tardan
mucho en volver; si alguna vez habéis participado en una emocionante partida de
bingo en la parroquia o habéis oído a un predicador radiofónico pedir dinero,
sabéis a qué me refiero exactamente. Isaías profetizó que llegaría el día en
que se forjarían arados con las espadas, pero en nuestra actual edad de las
tinieblas, se han forjado bombas atómicas y misiles balísticos intercontinentales.
Reggie Kelton se puso en pie. Estaba tan rojo como pálido mi hermano
Andy.
—Debe usted sentarse, reverendo. Está fuera de sí.El reverendo Jacobs no se sentó.
—¿Y qué recibimos a cambio de nuestra fe? ¿De los siglos durante los
que hemos entregado a tal o cual iglesia nuestra sangre y nuestros tesoros? La
certeza de que nos espera el cielo al final del camino y, cuando lleguemos
allí, se nos explicará el desenlace del chiste y diremos: «¡Ah, sí! Ahora lo pillo». Esa es la gran recompensa.
Nos lo inculcan desde nuestros primeros días: ¡cielo, cielo, cielo! ¡Allí
veremos a los hijos que hemos perdido, allí nuestras queridas madres nos estrecharán
entre sus brazos!
Esa es la zanahoria. ¡El palo con el que nos pegan es el infierno, el
infierno, el infierno!. Un Sheol de condenación y tormento eternos.Decimos a niños tan pequeños como mi querido hijo perdido que se arriesgan al fuego eterno si roban un caramelo o mienten acerca de cómo se han mojado los zapatos nuevos.
»No existen pruebas de estos destinos después de la vida, ninguna base científica, sino solo la fe desnuda, unida a nuestra intensa necesidad de creer que todo tiene sentido.
Pero cuando estuve en la sala del fondo de la Funeraria Peabody y contemplé los restos destrozados de mi hijo, que quería ir a Disneylandia mucho más que ir al cielo, tuve una revelación. La religión es el equivalente teológico de los seguros fraudulentos, en los que uno paga la prima un año tras otro, y un día, cuando necesita las prestaciones por las que ha pagado tan… y perdón por el juego de palabras… religiosamente, descubre que la compañía que ha aceptado su dinero en realidad no existe.
Fue entonces cuando Roy Easterbrook se puso en pie, mientras la iglesia se vaciaba ya por momentos. Era una mole de hombre, sin afeitar. Vivía en una herrumbrosa caravana, en un pequeño camping del lado este del pueblo, cerca de la vía del ferrocarril de Freeport. Por regla general, solo acudía a la iglesia en Navidad, pero ese día había hecho una excepción.
—Reverendo —dijo—. Oí decir que en la guantera de su coche había una botella de alpiste. Y según contó Mert Peabody, cuando se inclinó sobre su mujer para empezar a trabajar, olía igual que un bar. Ahí tiene, pues, la razón. Ahí tiene el sentido. ¿Le falta valor para aceptar la voluntad de Dios? Bien, pero deje en paz a los demás. —Dicho esto, Easterbrook dio media vuelta y salió con su andar premioso. Jacobs calló en el acto. Se quedó inmóvil, agarrado al púlpito, los ojos resplandecientes en el rostro pálido, los labios tan apretados que la boca se desdibujó.
Entonces se puso en pie mi padre.
—Charles, es mejor que baje del púlpito.El reverendo Jacobs sacudió la cabeza como para despejársela.
—Sí —dijo—, tiene razón, Dick. En todo caso, diga lo que diga, las cosas no cambiarán.
Pero sí cambiaron. Para un niño sí cambiaron.
Retrocedió, miró a su alrededor como si ya no supiera dónde estaba y volvió a dar un paso al frente, aunque ya no quedaba nadie para escucharlo, salvo mi familia, los diáconos de la iglesia y Gagá, todavía instalada en la primera fila con los ojos desorbitados.
—Solo una cosa más. Venimos de un misterio, y hacia un misterio vamos. Quizá hay algo ahí, pero me juego lo que sea a que no es Dios tal como lo entiende ninguna Iglesia.
Fijaos en el balbuceo de credos en conflicto y os daréis cuenta. Se
anulan mutuamente y no dejan nada. Si queréis la verdad, una fuerza superior a
vosotros, mirad el rayo: mil millones de voltios cada uno, y cien mil amperios de corriente, y temperaturas de casi treinta
mil grados centígrados. En eso hay una fuerza superior, os lo aseguro. Pero ¿y aquí, en este edificio?
No. Creed lo que os venga en gana, pero os diré lo siguiente: detrás de las
imágenes confusas de ese espejo de san Pablo, no hay nada más que una mentira.
Abandonó el púlpito y se dirigió hacia la puerta lateral. La familia
Morton permaneció inmóvil, sumida en la clase de silencio que debe de
experimentar la gente después del estallido de una bomba…
