Es esa oscuridad la que me ilumina, esa penumbra la que me alumbra y esa ceguera colectiva la que me abre los ojos y me da la vista.
Es esa forma de ver la vida tan distinta a la mía, es la perspectiva, el color del cristal con qué se mira y la empatía.
Es el querer y no poder de un si se quiere se puede pero no con quién se quería, es el perder el tiempo y no darse cuenta de ello a tiempo, es mirar hacia atrás y comprobar que salvo los sentimientos todo lo demás ha ido a menos.
Es llamar madurar como consuelo al proceso del marchitar de la mente y el cuerpo, son de esas aguas cenagósas de las que se llenan las bocas siempre abiertas sumergidas en la insalubre naturaleza de un pantano. Me voy de donde aún no he llegado, de dónde jamás con el corazón estuve.
Quería huir, quiero escapar de este mundo hostil, mundo que me recibe de espaldas con los brazos cerrados y que en este adiós anticipado se despide de mí dándome un beso en la frente teniendo tan y tan cerca los labios.