Callar como si no hubiera pasado nada, nadie habla y quizás todos saben, callar por el qué dirán, porque ya es agua pasada, porque remover conciencias es reavivar el fuego y reabrir heridas en una cicatriz mal cerrada.
Porque del naufragio ya no queda ni rastro del barco en el fondo del océano, porque ya no merece la pena y el olvido lo merece solo a medias, porque qué más dá, que vas a ganar cuando ya está todo perdido, porque tendría que haber sido en su momento pero en el suyo y no en el nuestro.
Piensa mal y acertarás, tardío e insuficiente homenaje mientras las bocas callen.
Y en la calle, siempre, siempre pasearán y coexistirán desapercibidos entre sus semejantes, hienas carroñeras de sonrisa amable sedientas de templada sangre, bestias nauseabundas bajo sospecha más que fundada qué babean y se relamen pensando en el sabor de lo que es piel y no carne.
Ya es tarde, demasiado tarde porque a un después siempre le precede un antes, cómo a un hijo su madre, como a un secreto que no te contará nadie le antecede la última palabra con la que quisiera acabar esta frase.