Habia postergado este tema por incomodo hasta última hora relativamente hablando.
“A propósito de la muerte”, vivirla desde el ayer con la incertidumbre y recelo de ser un final absoluto al hoy con la creencia y certeza de que la misma es una transición hacia una nueva forma de vida, de esperar con cierta curiosidad su llegada contemplando las multiples posibilidades que ofrece como misterio, otras vidas desconocidas, otros mundos desconocidos, otros universos.
Hay seres de seis años con edad mental de veinte que desde la existencialidad de su mente preguntan y se preguntan si la muerte, esta vigente solo por un tiempo o si bien es para siempre.
Recuerdo siendo pequeño biológicamente, cuando empecé a tener conciencia del ciclo vital humano, que acechaban detrás de la puerta, debajo de la cama, en la oscuridad, en las pesadillas, todo el miedo que la idea de mi propia muerte me transmitia. Era joven, aún ese momento teorico estaba lejos, no asi el practico que es impredecible, dice la vida, en su principal teoría y directriz, que desde que nacemos ya tenemos edad para morir.
Recuerdo a mediana edad, cuando el asunto empieza a ponerse serio, se le empiezan a ver la punta de las orejas al lobo y la cosas comienzan a ponerse feas, haber acudido a funerales de familiares, amigos o conocidos, allí, me sacudia los temores como la caspa blanca en un hombro vestido de negro, allí me curaba en salud, la mia, no la irreversible gravedad del que ante mi yacia muerto.
Alli, me hacia bien el consuelo de mirar, observar a mi alrededor que entre todos los que me acompañaban en aquel duelo había quienes me precederían en el viaje hacia el misterio de lo desconocido, unos por mala suerte, otros por accidente, enfermedad o simplemente por viejos.
En ello me refugiaba, aún tenia y me quedaba…tiempo.
Pasó, ha ido pasando el tiempo, hemos crecido, nos hemos hecho mayores, en más o menos medida hemos envejecido, muchos de aquellos con los que me consolaba ya no están, ya se han ido.
Ahora voy a funerales, ya no son como los de antes, son de peineta y mantilla, hay risas incluso y se relativiza afortunadamente ese momento. En mi percepción parece que casi no muere nadie, de vez en cuando alguno, pocos, quizás porque en las listas de próximas partidas ya no figuran los que estaban delante y los de atrás empujan con fuerza hacia arriba, hacia los puestos de salida.
El problema surge en la actualidad, cuando acudo a un velatorio o capilla con la esperanza de seguir mirando, buscando y encontrando, pero cada vez cuesta mas, la juventud con la que por entonces me cobijaba como bajo un paraguas hoy cobija, protege y defiende a otros, se acaban los argumentos, se agotan los candidatos, los voluntarios han ido de más a menos y yo ahora me situo como uno de los primeros.
No encuentro a quienes ceder mi asiento, ahora soy yo el objeto de miradas que prohibiría de inoportunos y delatores ojos brillantes y efervescentes de vida, de una vida que no es la mia, que se recrean, regocijan y columpian sobre mi piel y mis arrugas, sobre el pelo canoso y blanco, que era rubio hace tan solo unos años.
Se posa en mi su mirar como mariposa en flor marchita, como sentencia que asume como justa aquel que sabe de antemano que su fin es morir, que no hay alternativa posible, que es el precio estipulado, el que se paga por vivir.
Ante esta reflexión, mi hijo me recuerda basándose en mi idea y no sin razón que he pasado de observador a ser el observado, en ceremonias de despedida veo miradas que me buscan y me encuentran quizás para darme el pésame por adelantado, o preguntarme que tal me encuentro por si eso y por si acaso, y tambien como no, para interesarse por mis años no tanto por los que vengan, los venideros sino por los ya pasados, los que se fueron.