He visto por la calle teléfonos sacando literalmente a pasear a sus dueños, animales racionales amaestrados, cabizbajos que no levantaban la mirada del suelo como bueyes de un arado.
Mentes abducidas, voluntades secuestradas, esclavos humanos virtualmente atados de pies y manos.
He visto y participado en un momento ya pasado en la locura colectiva, en la obsesión generalizada, en la demencia selectiva entre coberturas perdidas y baterías agotadas.
He visto compras compulsivas por parte de las últimas generaciones de autómatas de marcas de manzanas mordidas, hoy día, juicios divinos aparte, lo del pecado original, lo de Adán y Eva, lo del fruto prohibido tendría similar argumento pero con diferentes protagonistas.
He visto ojos vertiginosos, parpadeos nerviosos, seres aletargados hibernando tanto en invierno como en verano con dedos virtuosos y endiablados escribiendo a la velocidad del rayo, tan dormidos para estar despiertos, tan despiertos para caminar sonámbulos.
Vidas ficticias, he visto vidas ficticias disfrazadas de realidades alternativas basadas en medias verdades y completas mentiras, he visto dependencia digital cada vez a más tempranas edades, la adicción que provoca el lucir los móviles colgando del cuello como si fueran collares.
He visto negar la evidencia, la necesidad auto impuesta de estar en todo momento conectados, la falsa creencia a ciegas en una tecnología que más que unirnos nos ha aislado y separado.