Me gusta ser respetuoso y correcto con el medio ambiente, no quiero molestar a las flores con mi continuo transitar arriba y abajo, por el jardín de los paseantes marchitos, no es suficiente caminar con los pies desnudos entre ellas para no pisarlas, es muy posible el lastimarlas aunque ellos vaguen descalzos por el arido y rudo asfalto.No es mi intencion dañar el ecosistema, en el que brotan posiblemente alegres, no es el mejor abono para ver como florecen.
Ni el maltratarlas, sesgando sus tallos para tenerlas cerca, y en contra de su voluntad, propiciara demostrarles cuanto se las quiere.
Es el mimarlas, el darles de beber cuando mas sed tienen, aprovechar la luz del sol, o la de la luna mejor, pues algo de la oscuridad mantiene, para realizar la fotosintesis, el proceso que hace germinar en ellas el amor, y despertarlas del letargo en el campo de la polinización, quizás, anteriormente, tantas inclemencias, inviernos nefastos o cuidados de jardineros inexpertos, en la variante de la ternura por la vegetación, atrofiaron los sentidos del desarrollo mas allá de los primeros brotes, y las dejaron sin posibilidad de alcanzar, nuevas metas, reforzar sus raíces, y ser alimentadas como se merecen todas las cosas que se crearon para dar sentido a la creación.
Maravillosa la naturaleza, la biodiversidad de los seres vivos, transmitirla de padres a hijos, flores como medio de cultivo, y deseo en el que apreciar su olor.
Qué haríamos sin ellas, sin verlas en primavera en todo su esplendor, sin su talle insinuante, bamboleantes a merced del viento, sin su figura delicada como el brillo del diamante, sin su deseado cuerpo, margarita que deshoja desde su nacimiento “el si o no”, eterno dilema en nuestro cerebro, que hacemos sin poder ser sus dueños, que desespero debe sentir un jardinero, cuando no puede acariciar una flor teniéndola tan cerca, o la distancia de lo que le alcanza la vista, no es suficiente para divisarla, y acercarla haciendola florecer en su corazón.