A caballo, mirando hacia uno y otro lado, con el pelo suelto, despeinado libre, ondeando a capricho y merced del viento.Asi, la describen los ojos, según le cuenta y le dicta el cerebro, de espaldas, desnuda, y el Sol, recorriéndola y amándola a cada momento.¡Si, lo sé!, eso no es AMOR, el no siente ninguna pasión, ni tiene interés sentimental en su acción, la posee por obligación, ella, está allí, como podía no estarlo, el ilumina todo lo que encuentra a su paso en un cruce de caminos involuntario.Ella, no fue a buscarlo a el, ni el a ella puede quererla tanto, como yo la quiero, pero aún asi, aún creando e inventando todas las excusas posibles como bálsamo, aún saboreándolas como néctar o miel, siento celos.
Celos de ese Sol, si, lo reconozco, es la egoísta envidia, la mia, la del que brilla menos, el, la tiene cuando y siempre que la desea, a cada instante la acaricia, mi desespero es su avaricia, y su cuerpo la codicia del que conquista pequeños pueblos.
Celos del corcel, en el, la imagino galopando y alejándose de mis manos, nadie sabe donde la llevara, ni que tesoros le prometerá, para convencerla, y destrozar asi la mayor de las pirámides, que aún se mantiene en pie, sobre la piel arida de El Cairo.
Celos del aire, que pasa cerca de su vida y entra en ella, para mantenerla despierta en mis sueños, en su viaje, el oxigeno, la colorea de mil colores por dentro, por fuera, su belleza ya lo hace, como la naturaleza en un oasis de el desierto.
Celos del cielo, de los poemas donde la llamo, de las estrellas y los luceros donde la veo, ella, aunque fuera en estado primigenio, alguna vez fue o pertenecio a ellos, yo, en cambio, soy dueño de caballos, de castillos y de reinos, pero a ella, al igual que al don de detener el paso del tiempo, tampoco la tengo.