Traviesas sus manos, cubriendo y descubriendo con ellas a intermitencias la piel, conjugando en todos los tiempos el verbo acariciar, haciendo estremecer a la ciudad, dilatando y contrayendo el placer a voluntad, la estela blanca que en su espalda muestra tibia la noche, acompaña e imita a la de la luna llena sobre el mar.
Su mirada perdida, aquella que yo encontraba en cada encuentro, aquella que buscaba en el infinito, en el más pequeño destello de claridad, en la más remota de las muestras de debilidad, en cualquier tipo de soledad, hoy se torna seductora.
El AMOR, EL, que decía ser solo testigo, culpable es hoy e inocente al mismo tiempo, ¿cuánto es hoy EL diferente?, ¿cuánto se asemeja al argumento de los sueños?.
Y en la risa, en la sonrisa dulce donde sale a asomarse su alegría sin necesidad de hacerlo, se basa el poeta para escribir sobre todo aquello que le inquieta, y perturba su pensamiento.
Traviesas sus manos, inquietas, nómadas como la arena desplazada por el soplo del viento, erosionan y levantan la paz de los sentidos, traviesas sus manos obedecen al abandono de la consciencia por culpa del deseo que sustituye como fuente de calor al fuego, se envilecen, y salvajes desgarran la piel, que comienza a cuartearse por el paso del tiempo.
La parte de su mente, aquella que manda sobre el sentido del tacto, aquella que podía adoptar yo como propia, entregar como muestra de vida, se agita y convulsiona descontrolada al compas que lo hace la mia.
La mente, las manos, sus manos traviesas, el resto del cuerpo, todos se mecen en aguas bravas, y se mueven inocentes, o eso es lo que yo creo.
