Número 100, bajos
Padre Pérez del Pulgar,
para tantos
un lugar como tantos,
para mí la excepción
de lo único y especial.
Mítico
por lo que representa,
como la majestuosidad de una fortaleza
en la época medieval,
un hogar cercano en su trato,
lejano ya en los años,
distante pero próximo
diferente y familiar.
Almas en pena que allí
ahora de paso,
lloramos nuestra condena,
su nostalgia es nuestro castigo
por haberla abandonado
por haber olvidado
todo lo que en ella
y gracias a ella vivimos,
su recuerdo nos endulza la sangre
que amarga como la melancolía
tras haberla bebido.
Qué más da el visitarla
es consciente de habernos perdido,
de que no traerá continuidad
nuestra presencia,
qué su final será
caer de rodillas a tierra
para jamás volverse a levantar.
Nos echa de menos
pero volver, ya no podemos
porque somos simples muñecos
movidos
por los finos hilos del sentimiento.
Desde la casita de un cuento,
desde la humilde y confortable
chabola
de aquel que tan solo necesita
cobijo y sustento,
escribo estas profundas palabras
para hacer de su posible olvido
la leyenda
que la mantenga viva y despierta
como una llama,
para que de esa manera viva
en nuestro corazón
eterna,
eterna,
y por siempre
en nuestro pensamiento.