Dejo sobre la mesa, junto a las promesas de que tan solo
la muerte habría de separarnos, el firme compromiso de establecer
infranqueables fronteras y limites que impidan repetir los errores del pasado.
Dejo detrás de la puerta, muchas preguntas sin respuesta a sabiendas, misterios indescifrables, inverosímiles incógnitas que solo han de saber resolver los sabios, y que plantean la posibilidad de llegar a interpretar, como a veces puede herir y doler el querer cuando proviene del que dice quererte tanto.
Queda la razón que asiste a las dudas en cuarentena, aplazada la solución inexistente a los problemas hasta la próxima ocasión, a la espera de una decisión que nunca llega, y que por apocalíptica recuerda a las profecías sobre la posible destrucción de la tierra.
Dejo una casa construida a medias sobre arenas movedizas, el esplendor de un imperio que el invasor arraso reduciéndolo todo a cenizas, ilusiones tan consistentes como la piedra que la erosión debilito sigilosa como la carcoma a la madera.
Dejo aquella misma razón a un lado para que no sea un obstáculo más en la vida, dicen que los locos son felices y que por ello muchas veces para serlo por un momento, los poetas como los cuerdos los imitan.
Dejo lo nunca dicho, lo callado durante años a la puerta de un colegio donde los niños aprendían a jugar con la realidad y a enfrentarse a sus miedos y a los de los demás en una cíclica lucha entre supuestos buenos y malos.
Dejo la boca cerrada para no malgastar las palabras que no han de ser escuchadas, dejo los diálogos desiertos de sentido común y los sentidos colmados de inconfesables secretos, dejo...,
dejo al marchar sobre la mesa, junto a aquella promesa, el borrador escrito a mano de un proyecto que por falta de interés no pudo ser terminado, dejo al marchar y como despedida mis últimas miradas y sonrisas envueltas en lagrimas para mis queridos hijos, aquellos a los que en sueños aun sigo durmiendo y acunando como cuando eran pequeños, en mis brazos.
Dejo detrás de la puerta, muchas preguntas sin respuesta a sabiendas, misterios indescifrables, inverosímiles incógnitas que solo han de saber resolver los sabios, y que plantean la posibilidad de llegar a interpretar, como a veces puede herir y doler el querer cuando proviene del que dice quererte tanto.
Queda la razón que asiste a las dudas en cuarentena, aplazada la solución inexistente a los problemas hasta la próxima ocasión, a la espera de una decisión que nunca llega, y que por apocalíptica recuerda a las profecías sobre la posible destrucción de la tierra.
Dejo una casa construida a medias sobre arenas movedizas, el esplendor de un imperio que el invasor arraso reduciéndolo todo a cenizas, ilusiones tan consistentes como la piedra que la erosión debilito sigilosa como la carcoma a la madera.
Dejo aquella misma razón a un lado para que no sea un obstáculo más en la vida, dicen que los locos son felices y que por ello muchas veces para serlo por un momento, los poetas como los cuerdos los imitan.
Dejo lo nunca dicho, lo callado durante años a la puerta de un colegio donde los niños aprendían a jugar con la realidad y a enfrentarse a sus miedos y a los de los demás en una cíclica lucha entre supuestos buenos y malos.
Dejo la boca cerrada para no malgastar las palabras que no han de ser escuchadas, dejo los diálogos desiertos de sentido común y los sentidos colmados de inconfesables secretos, dejo...,
dejo al marchar sobre la mesa, junto a aquella promesa, el borrador escrito a mano de un proyecto que por falta de interés no pudo ser terminado, dejo al marchar y como despedida mis últimas miradas y sonrisas envueltas en lagrimas para mis queridos hijos, aquellos a los que en sueños aun sigo durmiendo y acunando como cuando eran pequeños, en mis brazos.