Versos, como dardos afilados, como flechas puntiagudas
que apuntan, como espadas que se alzan y descargan su violencia y su furia,
incisivos como dentelladas de fieras, como garras que se clavan en la carne,
como grandes clavos que en la cruz hicieron brotar la sangre de sus pies y de
sus manos.
Los versos son como armas, que me defienden pero no
atacan, que me protegen como una muralla, que me hacen sentir más fuerte aunque
la fuerza siempre se mida en golpes y no con palabras.
En ellos deposito todos mis sentimientos, aquellos que
hablan sobre el amor y el dolor por no conocerlo, sentimientos sobre la amistad
que tanto se resiste a cambiar, sobre la tristeza y la alegría que a su manera
nos hacen percibir más larga o más corta la vida.
Versos que han hecho su trabajo, que han conseguido que
el esfuerzo no haya sido en vano, versos que al fin y al cabo pueden llegar a sentirse
utilizados por el poeta para dar rienda suelta al corazón que no se resigna a
ser domado.
