Un día como el de hoy desperté sin saber ni dónde estaba, desconocía más que sabía, desde el misterio del origen de la vida hasta lo que en aquel momento tras mi espalda existía.
Tras ella, como el que esconde un as en la manga o una moneda en su mano en un truco de magia podría yo imaginar que aparece de la nada la Maestranza, la Torre del Oro y a pocos metros de ella para hacerle sombra la Giralda. Y al girarme para verlas porque siento que me llaman con ánimos de despistarme la mente podría recrear de la misma manera el barrio antaño marinero de Triana.
Cierra los ojos como hago yo cuando no la tengo cerca e imagina el olor azahar en primavera, los naranjos en flor y los patios de las casas colmados de coloridas macetas. Mucho me iba a costar cambiar tierra por mar o ciudad por ciudad queriéndola ella, renunciar sin más solo porque no es perfecta, como si yo necesitara algo más que pasear de tu mano por la Alameda o sentarme a tu lado en un banco de cualquier plazuela, como si en la iglesia de Santa Ana o en la de la Macarena no se respirara la suficiente para cuándo es esa toda la que nuestros corazones anhelan.
Imagino que todo lo que me rodea es tan real como cierto, que acabo de dormirme a más de mil kilómetros de distancia y aquí despierto, no distingo si esto es realidad o es otro más de esos mágicos sueños de los que me niego a dejar de soñar.
Con mis pies piso este lugar, el puente que me recibe en Sevilla dándome la bienvenida y me lleva, como al Nazareno en brazos de un paso de Semana Santa a la puerta abierta de Triana.
Vuelvo a casa no vengo a visitarla, ella es la idea, el símbolo, la fugaz estrella que me ilumina e indica el camino de la calle Castilla a la de Pureza pasando por la plaza del Altozano y cruzando San Jacinto. Aquí estoy, aquí os espero, donde tras su margen acaba el río Guadalquivir y de alguna manera comienza lo que para mí significa el paraíso.
