No creo en la muerte, para mí como concepto de un final de vida no existe, no tengo fé en ella. Acierto a llamarla tránsito, el transcender, una trascendencia hacia nueva forma de vida, consciente o no de la anterior.
Si estuviera equivocado, sería suficiente con apreciar toda la paz, la serenidad, la armonía y la tranquilidad espiritual que esa creencia y a lo largo de todos los años vividos me ha transmitido y hecho sentir, la confianza y la seguridad ante tantas dudas y preguntas sin respuesta cuando hemos reflexionado sobre este tema con nosotros mismos y con nuestro yo más íntimo.
Cómo punto de inflexión y equidistante entre el ateo y el beato, fué sentir entre mis manos como hojarasca otoñal de árbol, el desmoronamiento, la erosion y desaparición entre mis dedos del más grande de los universos humanos.
Es imposible, mi conocimiento y pensamiento no aceptan que la complejidad de un ser, sus ilusiones, sueños, sentidos, afectos y sentimientos se reduzcan como de un todo a la nada a la simplicidad de un cuerpo.