El sentido y el sin sentido de la vida y la existencia está perfectamente definido y explicado en las distancias, tamaños, finitos e infinitos que forman y deforman a la vez, el espacio tiempo y el universo.
Somos un accidente de la vida, un contratiempo contracorriente, una casualidad y causalidad inverosímil que nunca por probabilidades debió producirse, somos la evolución imposible de la nada a un organismo llamado cuerpo. Un cúmulo de circunstancias tan excepcionales como irrepetibles, la unicidad, la chispa que nunca debió prenderse y brillar.
Somos lo más pequeño desde fuera y lo más grande desde dentro, una mezcla somos de átomos , moléculas, células y compuestos, la excéntrica cordura de un milagro, y también la que quizás, solo quizás correcta locura de un creador supremo.
Según la ciencia, en el principio de los tiempos fuimos parte de una estrella y en el final de ellos sin ninguna duda volveremos a serlo.
Somos un capricho del destino, el error que trascendió en un acierto, el fruto de una magia que no vemos ni entendemos, el misterio, lo desconocido de un secreto.
Biologicamente el azar y la naturaleza de las cosas nos convirtieron en seres vivos provistos de inteligencia, de estructuras de materia, genes y cromosomas que aleatoriamente ordenados determinaron nuestro aspecto físico, nuestros rasgos de seres humanos.
A los ojos de un remoto observador la teoría de la relatividad dice que prácticamente somos una ilusión óptica, ya que a años luz de distancia lo que miramos, aunque lo veamos, ya no existe.
Somos la partícula elemental y fundamental que explosionó tras una suerte de acontecimientos, de una combinación exacta en un caos primigenio.
Ahora que ya no somos, o lo somos menos, que nos desvanecemos por momentos, es el ser o no ser lo que nos lleva de lo viejo a lo nuevo y de lo efímero a lo eterno.