En un mundo como castigo desaparecido los veo, ellos a mi no, ciegos unos o invisible el otro, cabizbajos, aislados y absortos, solitarios de teléfono en mano o del cuello colgando, sin el la vida resta y a esta le falta algo.
No los conozco, ni ellos a mí tampoco, ellos siguen siendo los mismos pero yo, ahora soy otro.
Desapercibido he pasado entre una multitud que ha cambiado el lenguaje, que ante la calidez de un café o un encuentro prefiere la frialdad impersonal de un mensaje de texto.
Ensimismados, ausentes del presente, hipnotizados, anestesiados, abducidos de la superficie terrestre, secuestrada la mente, rodeados sin ser conscientes de alrededores varios, de la vida que transcurre como una sombra a su lado.
Allí estoy yo, en medio de tu camino, nos hemos cruzado y no me has visto.
Soy el hombre peregrino y cansado que sin respuesta te ha saludado, la piedra con la que sin darte cuenta y por segunda vez has tropezado, soy el árbol y los pájaros que en sus ramas cantando sin prestarles atención ni tu escucharlos atrás quedaron.
Soy lo que no has visto venir, lo que llegó lento pero pasó rápido, el tren que pasó de largo, soy la lluvia, el sol, el viento que a duras penas al acariciarla tu piel sintió, soy el barro también que pisan tus pies, y la huella húmeda de tierra que este dejó en tus zapatos y no al revés.
Soy el hola, el adiós, el buenos días, el hasta luego, soy el espero volver a verte, el te quiero y el te echo de menos, el saludo soy, soy el abrazo y el beso.