Yo era ella y todas las demás, yo era el que sufría su
maltrato disfrazado de bondad, era el que se ponía de su parte y en su lugar
para hacer más liviano el peso de sus vidas.La mujer que todos los hombres pretenden era yo, la
desconocida que pasa desapercibida entre la multitud, la que carecía de nombre
porque anónima es la felicidad hasta que no se la conoce, yo era ella y todas
las demás, mientras ellas ajenas a mi realidad paseaban por la calle de mi
mano, con la mirada de la ilusión y la ilusión de sus miradas perdidas en el
horizonte.
Yo era ella, yo era el padre y también era la madre, el que aceptaba con resignación el papel de figurante en la función de cada tarde, el que hablaba en contra de su voluntad en el mismo lenguaje, el que callaba a la vez para hacer más soportable y confortable el inacabable viaje a ninguna parte.
El que asentía era yo con gesto amable y además yo era ella y todas las demás, las que sufrían en sus carnes y en su piel el paso cruel de la edad entre otras enfermedades, yo era ellas y todas las demás como empujado con ello a ser o sentirme alguien, cuando al fin y al cabo, uno ha de ser uno mismo para empezar a ser, porque si no, nunca será nadie.
Yo era ella, yo era el padre y también era la madre, el que aceptaba con resignación el papel de figurante en la función de cada tarde, el que hablaba en contra de su voluntad en el mismo lenguaje, el que callaba a la vez para hacer más soportable y confortable el inacabable viaje a ninguna parte.
El que asentía era yo con gesto amable y además yo era ella y todas las demás, las que sufrían en sus carnes y en su piel el paso cruel de la edad entre otras enfermedades, yo era ellas y todas las demás como empujado con ello a ser o sentirme alguien, cuando al fin y al cabo, uno ha de ser uno mismo para empezar a ser, porque si no, nunca será nadie.
