Duele ser verdugo, paradoja de la vida, paradigma de la
culpa ajena, incoherencia de la mente que no entiende de dolor cuando no es
visible a simple vista la herida.
Hiere ser verdugo, ser el cruel que apunta y dispara y a
la vez él quien en el que hace blanco la bala, duele, debe doler ver viejos
fantasmas aparecer tras cualquier puerta o esquina cuando uno acabo con ellos
con sus propias manos hace tiempo, almas en pena vagando y bailando en fiestas,
espíritus huérfanos de cuerpos, cuerpos casi muertos huérfanos de sentimientos.
Duele ser las ramas del árbol que se agitan y duele ser
el viento que provoca sus movimientos, duele ser hombre y mujer y verdugo y
victima al mismo tiempo.
Acude el arrepentimiento como única y última salida, como
a un oasis el sediento para calmar su sed, aunque pocas veces le sirva de
consuelo, y muchas más como la hiena, la culpa se siga de él burlando y riendo,
mientras, el negro luto y el duelo, tan grande como el que se guarda por mil
muertos, esperan lugar y día definitivo para su propio entierro.
