Éramos niños y nuestro mundo era pequeño, las tardes
cálidas de verano y las frías y oscuras de invierno, entrañables forman parte
del recuerdo, forman parte también del ayer y de la niñez, pero es hoy en la
madurez, cuando más las echo de menos.
Por entonces el mañana, carecía de importancia, parecía que
aquel momento para siempre viviría, que no pasaba nada porque un día se
acabara, el de mañana seria otro idéntico, creado a imagen y semejanza del
anterior, con las mismas personas orbitando a mi alrededor y yo, haciéndolo alrededor
de ellos, planetas errantes, estructuras familiares y únicas, imitando a diferentes
sistemas solares dentro de un mismo universo.A fuego, grabada en la memoria, la historia, abuelos que se fueron cuando parecían eternos personajes de un cuadro imperecedero, comenzaron a marchar y ya no hay para ello marcha atrás, después otros les siguieron transformando poco a poco aquella inicial y grata imagen en un paisaje casi desierto, en el, cada vez quedamos menos, en él, la realidad sustituye proyectos caducos por otros nuevos.
Duele la vida, por instantes y a menudo, la nostalgia y la melancolía cortan el alma, nublan la mirada y borran el camino de regreso a nuestra infancia, duele el pensamiento, como un lamento aúlla el viento cuando observo cómo pasa el tiempo a través de la ventana.
Como perdí mil primeros amores, se esfumaron también aquellos instantes en el aire, desconozco hoy por hoy el destino de su viaje, y me entristece pensar que quizás, ya no volverán, que están en algún lugar esperando ser vividos por otros que puede no los valoren tanto como yo, y por los que pasen desapercibidos sin dejar huella, como la que nítidamente es visible al observar mi corazón.
