He dejado entrar en mi corazón a Dios, y él, lejos de
cuestionarme, de poner en duda mi fe y mi convicción, me ha acogido como a uno
más de sus hijos, inundando mi ser de alegría, de paz e ilusión.
Su amor, me ayudo a encontrarle, y una vez allí, solos
los dos, me invito a escucharle y a seguir sus pasos, si estas cansado, dijo,
te sostendrán en pie mis brazos, si te sientes herido, te sanaran mis manos,
más si es una pena la que lastima tu alma, has de hallar consuelo en la
oración, rezando. Yo, en última instancia, y tras nacer, te regale la chispa
necesaria para que en ti despertase el gran milagro de la vida, te ofrecí la
posibilidad de crecer, de aprender, de encontrar la verdad, mi verdad, la
oportunidad de encontrar una mujer para colmaros mutuamente de felicidad y compañía,
como no hablarte también de la magia para poder engendrar hijos e hijas.
Yo, te di una familia, pero tú escogíste de entre todas
las alternativas posibles las amistades
y a la pareja, dado que no creé nada totalmente perfecto, si que concedí la
virtud de la rectificación, es decir, ante la equivocación, ante una caída o un
tropiezo poder cambiar de elección, errar es humano y como creador, doté en el tiempo
al dolor como pasajero y al reino y la palabra de Dios como lo único eterno. Has
de mantenerte a mi lado, no soltarte de mi mano y guiarte por las señales que
te iré dejando, los demás, si quieren, me han de buscar en su interior, en la
paz del espíritu humano, allí estoy y allí deben dirigirse si me quieren encontrar,
existo, pues tu mismo sin esperarlo me has encontrado.
Conserva esta conversación entre tú y yo, como la efímera
vida de un relámpago, como la estela de una estrella fugaz que aparece para
recordarte y solo de vez en cuando, que Dios es omnipresente y que aunque a
veces no lo veas, si puedes sentir que nunca caminaras solo, porque el siempre
camina a tú lado.
