La vida
me ha enseñado a caminar con más cuidado, a fijarme más en los
detalles y menos en las apariencias, que nuestras peculiaridades nos
hacen seres únicos y como tales, somos tan especiales como
irreemplazables.
La vida
me ha enseñado a reír, a llorar y a querer más de lo necesario,
aunque no debería existir un limite en el verbo amar si es cierto y
a la vez verdad que todos los excesos son malos.La vida me ha enseñado que el vivir cada día es el mayor de los regalos, que el engendrar un hijo es el más increíble de los milagros; y a ser paciente y moderado porque las prisas nunca me han llevado a ningún lado.
La vida me ha enseñado a reírme de mi mismo, a ser incluso a veces divertido, pero no me enseño a diferenciar en su día, entre los que reían conmigo y los que se reían de mí o lo hacían por compromiso.
La vida me ha enseñado a apreciar y valorar lo que tengo, porque se que un día mas cercano o lejano, todo se puede acabar o lo puedo acabar perdiendo, y luego, quizás ya tarde, tendré o tendremos que lamentar lo que tanto echaremos de menos.
La vida me ha enseñado que no hay imposibles sin intentarlos, a perder el miedo a hacerse viejo y a afrontar el último misterio con la satisfacción de haber realizado un gran trabajo.
La vida me ha enseñado y me sigue enseñando que el limite y el habito son conceptos estrechamente ligados, que uno es dueño indiscutible de su vida, y responsable único y directo de sus palabras y de sus actos.
La vida me ha enseñado que al analizar con rigor científico la salud del amor y de la amistad en sus diferentes estados, muchas veces ofrece un falso positivo cuando esperábamos otro resultado.
