Aquel barro se ha endurecido, quizás la falta de humedad
o el exceso de calor fueron los motivos, ya no es aquella arcilla fresca que
podía ser moldeada con nuestra imaginación y nuestras manos. No es dúctil el hierro, ni maleable el frio acero
templado para los frágiles dedos del artesano, no es suficiente su esfuerzo, ni
el tesón y la constancia en su trabajo porque en cada nuevo intento corre el más
que seguro riesgo de que su divina creación, como un corazón herido por el
desamor se rompa en mil y un pedazos.
Desde pedestales blancos y aún más altos, esculturas de
mármol aún más grandes han caído al suelo ante el más mínimo movimiento
sísmico, o pequeño roce de un destino aún no escrito, la melancólica decadencia
del cuadro que la ilusión del pintor pintó de colores vivos, pero que la retina
ya envejecida por el paso y el castigo de los años, los han ido suavizando y
apagando.
Pero el viejo escultor, anciano él y el cincel también,
desgastados ambos a golpes de martillo y en su ausencia a golpes de cabeza, se
limita a estas horas a mirar sentado y desde otra perspectiva la vida, con un
enfoque quizás algo más neutral y menos influenciado por lo común de aquel
universo en el que había reflejado tantos y tantos sentimientos, universo
plasmado sobre el curvado y esférico lienzo de un mundo tan perfecto como
irreal, pero que era con el que al fin y al cabo siempre había soñado.
