No quiero que el querer se entienda como la falta de amor y su ausencia, hablo del querer en el sentido de poseer, de tener, de pertenencia.
No quiero por interés, ni querer quiero por conveniencia, ni por un tiempo, ni por momentos, qué un mal querer como un mal día tenerlo lo tiene cualquiera. No quiero llegar a donde no me esperan, hay lugares que han dejado de existir y otros que ya nunca serán lo que eran.
No quiero promesas para toda la vida que duran solo un día, ni deudas que asuma el corazón cuando por amor no le correspondían. Y pensar hoy que ayer quería, confianza, expectativas todo ello contribuía, pero con los sentimientos también se construyen duelos, desilusiones e insatisfacciones, de ahí la importancia de unos sólidos cimientos en todo tipo de relaciones.
No quiero tener amigos, ni padres, ni hijos, no los necesito, mi primos, ni conocidos, ni vecinos, ni abuelos quería tener, ni sobrinos, ni tíos, ni familia, ni parientes embarcados en la odisea de volver a verse, ni tampoco allegados lejanos.
Y ante tanto desconocido la utópica esperanza del huérfano, un solitario descalzo de corazón para abajo, un nadie entre la nada al fin y al cabo.
No quería pertenencias, ni perder el tiempo, ni querer en vano, solo quería la riqueza, la suerte, la fortuna de encontrar a alguien a quién estrechar la mano, con que compartir te quieros, alguien a quien llamar hermano.