Allí en el parque había un árbol, en el otro lado de la calle hubo durante muchos años una gran piedra, hoy el vacío reemplaza y ocupa sus ausencias.
Al primero de niños nos encaramábamos, nos subíamos haciendo mil equilibrios, nos colgábamos de una rama a otra sin pensar ni ver el peligro, si es que el mismo existía en aquellos tiempos.
A la segunda la utilizábamos como punto de referencia, como línea de meta volante desde casa, " ir a la piedra y volver", no con ella a cuestas porque ni siquiera podíamos moverla.
Ambos símbolos ya no existen, ni aquellos corazones que se grabaron como primeros amores, amores no correspondidos, amores no autorizados, amores prohibidos que hoy mirandolos en perspectiva se ve y se intuye que no hubieran llegado a buen puerto, no tenían futuro.
Solo te enamorabas de una cara bonita, de un rostro angelical, la inocencia aún sin experiencia inclinaba la balanza en la adolescencia hacia lo superficial, luego en la madurez, profundizando bajo la piel de la muñeca y diva que fué afloraron y aparecieron los pros y los contras, las diferencias y fracasos, la forma de ser y de hacer, los echos, los actos, el carácter, la importancia que a las cosas le damos, el interés que mostramos, y la forma de sentir y vivir, que es la que define nuestra verdadera esencia como seres humanos.
Tuve mil primeros amores, no habían suficientes árboles como para inmortalizar en ellos tantos corazones, flechas e iniciales con nuestros dos nombres.
Aquel parque ya no tiene árbol ni banco, donde se sentaba cada tarde de verano aquel niño que soñaba despierto con el corazón abierto y los ojos cerrados.
La roca desapareció como todo lo físico en un mundo donde la entropía conduce irremediablemente al desorden y al caos, marchó viajera como piedra en el zapato a otro lugar sin dejar rastro, como base de unos nuevos cimientos, como punto de apoyo, de partida, de inflexión, de encuentro, como punto y aparte en el comienzo de una nueva vida, incluso llegado el caso como asiento para un pausado descanso, como aquel donde se sentaba cada tarde de verano, aquel niño que soñaba despierto con el corazón abierto y los ojos, los ojos por los sentimientos nublados.